Vivir los ciclos de la vida

Meditaessence -Taller de Meditación- Andreina Bohórquez

Vivir en ciclos: el arte de respetar tu propio ritmo

Más allá del calendario, una forma consciente de cerrar y comenzar

Tengo una familia muy grande: diez tíos y más de treinta primos – mayormente mujeres -. Las Navidades y el Fin de Año en mi familia eran momentos muy divertidos, llenos de ruido, risas y movimiento.

Soy de Maracaibo, una ciudad calurosa, alegre y escandalosa de Venezuela, así que el último día del año estaba cargado de costumbres. Entre ellas, usar bragas rojas —la más conocida—; poner un billete dentro del zapato para atraer el dinero en el nuevo año —si eran dólares, mejor—; las que buscaban novio recibían el año subidas a un taburete —nunca entendí muy bien el sentido—; las que tenían novio y querían casarse metían un anillo en la copa de champán; y quienes soñaban con viajar salían con una maleta a dar una vuelta corriendo por la calle. Y, claro, las doce uvas no podían faltar…

Yo era más de salir con la maleta; mientras más grande la maleta, más largo sería el viaje. Solo después de completar todo el ritual llegaban los besos y abrazos al resto de la familia.

Así terminábamos el año y comenzábamos el siguiente entre carcajadas, diversión y hasta agujetas de tanto correr, subir y bajar, con la presión de hacerlo todo antes de que acabaran las campanadas/ cuenta atrás. Luego transcurría el año siguiente y, casi sin darnos cuenta, volvíamos a repetir exactamente el mismo ritual, aunque nuestras vidas apenas hubieran cambiado.

Todas estas tradiciones eran divertidas y forman parte del contexto cultural en el que crecí. Sin embargo, me han llevado a una reflexión más profunda sobre los cierres de año y sobre esas listas de deseos, objetivos y esperanzas que depositamos, una y otra vez, en el año venidero, como si el simple cambio de calendario tuviera el poder de transformarlo todo. Esa lista hace tiempo que dejé de hacerla.

Me di cuenta de que, en lugar de vivir según el calendario, prefería vivir según mis ciclos. Los ciclos de la vida, de la naturaleza, que al final se reflejan también en nosotros como individuos. Hay ciclos muy largos y otros muy cortos; hay tantos como podamos imaginar, cada uno con sus propias cadencias y ritmos. Existen ciclos regulares como los de la luna, las estaciones, la floración… podríamos hacer una lista infinita de ciclos que se cumplen sin resistencia.

En el ser humano también existen ciclos regulares. Uno de los más presentes para las mujeres es el ciclo menstrual: cada mes renovamos la sangre, expulsando de nuestro cuerpo lo que ya no sirve, y el ciclo vuelve a comenzar, devolviéndonos vitalidad. Así sucede hasta que nos acercamos a la menopausia, cuando esos ciclos se alargan progresivamente hasta que la menstruación desaparece, cerrando una etapa y dando inicio a otra.

En la naturaleza, los ciclos se suceden con una precisión casi matemática. En el ser humano, esas matemáticas también existen, pero están profundamente marcadas por nuestro mundo emocional, por la forma en que sentimos, interpretamos y vivimos nuestras experiencias.

Si abrimos la perspectiva, podemos ver nuestra vida como un gran ciclo: nacemos, nos desarrollamos y morimos. Sin embargo, dentro de ese gran ciclo se contienen muchos otros, relacionados con nuestro mundo emocional, con nuestros aprendizajes y con la relación que establecemos con nosotros mismos.

Hay ciclos que se repiten una y otra vez. Al principio todo parece ir bien, nos sentimos plenos y confiados, pero más adelante volvemos a caer en el mismo sufrimiento: la misma decepción, el mismo desamor, la misma frustración. Son ciclos que intentamos evitar, pero que, al no saber ver dónde está la rueda —o incluso viéndola—, no logramos abandonar. Así regresamos una y otra vez al mismo punto de partida, creyendo que es un comienzo nuevo cuando en realidad es el mismo ciclo no observado.

Existen también otros ciclos en los que nos sentimos plenos y expandidos, hasta que aparece un desafío, un conflicto o una crisis que nos obliga a detenernos y mirar con más profundidad.

Si lo simplificamos, los ciclos hablan siempre de expansión y contracción, alternándose una y otra vez. La diferencia entre los ciclos que nos estancan y aquellos que nos permiten avanzar está en la conciencia con la que los experimentamos. Es la autoobservación, la indagación y la introspección lo que convierte la experiencia en aprendizaje, permitiéndonos que, en cada ciclo expansivo, podamos traspasar fronteras invisibles que antes nos limitaban. Esto no sucede cuando vivimos el ciclo sin consciencia, repetimos la misma emoción, el mismo sufrimiento.

Todo esto me conecta con el ritmo. El ritmo como expresión del orden natural de la vida, pero también del tiempo que cada proceso necesita para madurar. Cuando comprendemos esto, el sufrimiento comienza a calmarse: pierde fuerza, se suaviza, deja de imponerse. Ya no luchamos contra lo que es, ni intentamos forzar cierres que aún no están listos o aperturas que todavía no pueden sostenerse.

Desde ahí nos abrimos a una escucha más profunda: la autoescucha que nace de la indagación y la introspección. Aprendemos a respetar nuestros propios tiempos, a reconocer cuándo es momento de expandirnos y cuándo de recogernos, cuándo avanzar y cuándo simplemente estar en silencio. La vida entonces deja de vivirse como una carrera marcada por fechas externas y empieza a revelarse como un proceso íntimo, coherente y vivo.

Así, cuando un ciclo se cumple, no se cierra de forma abrupta ni definitiva. Se completa. Y en esa completitud ya está contenida la semilla del siguiente. Un nuevo ciclo se abre de manera natural, a otro ritmo, a otro tiempo, no impuesto, sino sentido. Porque cuando honramos nuestros ciclos, la transformación no necesita ser empujada: simplemente sucede partiendo de la intención en la escucha.

Este es mi mensaje para el 2026, deseándote que conectes con tus ciclos.

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Uno de los mayores regalos que nos ofrece la meditación es la comprensión profunda del desapego.
Como todo aprendizaje interior, esta comprensión llega por etapas… como si poco a poco fuéramos retirando las capas de una cebolla, acercándonos al centro de nuestro propio ser. Se trata de un aprendizaje de vida.

En la práctica meditativa, el desapego comienza cuando aprendemos a soltar los pensamientos: los dejamos llegar y partir, sin aferrarnos, sin luchar.

Puede parecer sencillo, pero es un acto profundo, porque nuestros pensamientos forman parte de lo que creemos ser. El apego más fuerte que tenemos es hacia nuestra identidad, hacia esa imagen que construimos de nosotros mismos, hacia las estructuras que sustentan nuestro ego que es desde donde nos proyectamos al mundo.

Con el tiempo, descubrimos que el apego no se limita a lo material. También nos apegamos a las personas, a las situaciones, a las emociones. Nos definimos a través de ellas. Creemos que nos completan. Las integramos —a veces sin darnos cuenta— como piezas de nuestra identidad.
Pero cuando todo ello se derrumba o cambia, sentimos que perdemos parte de lo que somos. Y sin embargo, nada de eso es realmente nosotros. Todo es una creación de nuestra mente, una realidad que hemos tejido alrededor de nuestro ser.

Uno de los apegos más sutiles y profundos es el apego a las emociones. Desapego no es dejar de sentir, es dar a cada emoción el lugar que le corresponde. A veces estamos tan aferrados a una emoción que no nos permitimos ver el mensaje que trae. En el fondo, tememos soltarla… porque al hacerlo, se tambalea la idea que tenemos de quiénes somos. Entonces preferimos seguir luchando, sosteniendo un estado de sufrimiento, antes que abrirnos al vacío que precede a la libertad.
No lo hacemos de manera consciente, claro. Es un impulso profundo, una forma inconsciente de proteger lo conocido.

La meditación en silencio nos ofrece un espacio para reconocer esas emociones que hemos dejado enquistadas en lo más hondo. Y una vez que las vemos con claridad, llega el momento de asumir nuestra responsabilidad: soltar, liberar, aligerarnos para a partir de allí, redescubrirnos en una nueva identidad. A veces podemos hacerlo por nosotros mismos; otras veces necesitamos ayuda, y está bien así.

En mi propio camino he vivido ambas experiencias. La meditación ha sido fundamental para reconocer, y la terapia un entorno de apoyo para dar forma y colocar las piezas. Más recientemente, en aquellos apegos que más me ha costado soltar, encontré un gran apoyo en la Metaprogramación Cognitiva.

La sensación de paz y ligereza que llega cuando te liberas de aquello que te estancaba es simplemente maravillosa. Es una herramienta tan poderosa y transformadora, que decidí formarme en ella para poder integrarla en mi acompañamiento desde Meditaessence.

Ya he comenzado esta nueva etapa, con el corazón abierto y la ilusión de seguir creciendo, aprendiendo y compartiendo este camino de consciencia y libertad interior. 🌿✨

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